08 de Abril del 2007…
Recordaba cada
conversación con Nohemí mientras caminaba por los pasillos del Coliseo Cerrado.
Estaba ansioso por esperar que llegara; le rezumbaban las palabras que le dijo
hace una semana: “Nos veremos el 08 de Abril”. Carlos llegó temprano, el
programa de aquel evento comenzaría en una hora. Se encontró con Humberto, lo
saludó y le dio conversación en tanto miraba a todos los lados por si la veía
venir. Le preguntó a él y le dijo que no la había visto. Estaban dentro del
coliseo, en la esquina de una escalera que llevaba a las gradas y mirando hacia
la cancha principal donde se había colocado un estrado para un espectáculo.
Consistía en musicales, obras teatrales, discursos, entre otros donde ya había
muchas personas.
El joven entusiasmado
miró hacia su izquierda donde veía la puerta principal, entonces sus sentidos quedaron
congelados por tan solo contemplar la figura de aquella a quien empezaría a
amar.
Se separó de Humberto y
muy contento fue a saludarla. Sin embargó su alegría empezó a desvanecerse
cuando notó su fría mirada. “Hola”, dijo él. “Hola”, contestó Nohemí seriamente
mientras pasaba por un lado y siguió su camino. Cuando llegó donde Humberto le
mostró una bella sonrisa y luego subió a las gradas donde se encontraba Enrique.
Carlos quedó
sorprendido, esperaba un gran saludo, quizás un abrazo, por lo buenos amigos
que se habían vuelto. Estaba intrigado por su actitud, entonces la siguió. Ella
al ver que venía, fue donde Margot que se encontraba a unos metros a su izquierda
en la parte más baja de las gradas. Él se acercó a Enrique y le contó la
indiferencia de la joven. Fue minutos después de eso cuando empezó el evento. Pero
Carlos no prestaba la debida atención, sino que a cada momento observaba a Nohemí
desde su sitio. Ella también lo veía pero en su rostro se veía lo molesta que
estaba.
Llegó el
mediodía y hubo un intermedio. Las personas sacaban sus almuerzos. No deseaban
salir y comprar porque disfrutaban de la compañía de las personas del lugar.
Fue en ese momento cuando Nohemí y Margot se acercaron a Carlos.
-Hola Carlos, queríamos conversar contigo -dijo Margot.
-Sí dime.
-Nohemí, recibió un
mensaje de tu celular y no le gustó que lo enviases.
-¿Mensaje? ¿Y qué
decía? -se preguntó muy sorprendido.
-Te hiciste pasar por
Humberto y escribiste saludando con su nombre -interrumpió Nohemí con molestia-.
Tú sabes que a mi familia no le cae bien. Y por
tu culpa mi papá no me quería dejar venir, he
tenido que rogarle, además está molesto contigo. Me dijo que sería la última
vez que vendría. Todo es por tu culpa.
-Espera, yo no envié ningún mensaje -dijo Carlos muy
sorprendido-. ¿Qué día te llegó?
-Fue este viernes -siguió la joven-. Como
a las ocho de la noche.
-El viernes estaba en
casa de Humberto a esa hora y él tenía mi celular. Seguro lo envió allí y…
-¡No, él no fue! -interrumpía-. Ya le
pregunté y me dijo que no envió nada.
-Pero es que yo no fui
y Humberto era el único que tenía mi celular en ese momento.
-¡Ya deja de mentir! Pensé
que eras mi amigo, pero veo que estaba equivocada.
-Nohemí… ¿por qué
dices eso? Yo sé que tu familia no se lleva bien con Humberto y no enviaría un
mensaje así, que los incomodara, de verdad, yo no envié nada -replicaba
mientras su alegría se iba.
-Yo no te creo nada y
no pienso ser tu amiga, eres muy malo ¡Mentiroso! -gritaba.
¿Qué clase de
malentendido fue ese? Los que observaban lo veían como una simple discusión de
niños. Pero lo cierto es que con todas esas palabras, Nohemí hirió a Carlos…
-Además -seguía la
enfadada-. Fue de tu celular y mi papá está muy molesto contigo.
-Mira -decía Carlos
con tristeza-. Yo te pido disculpas porque fue de mi celular, pero tienes que
creerme, yo no envié ningún mensaje. Voy a conversar con Humberto sobre esto.
-Haz lo que quieras,
pero ya no te creo.
Carlos le dio la mano
para despedirse, ella dio media vuelta y se fue sin decirle nada. Margot se
quedó y dijo con voz baja:
-¿Sabías que su papá
te considera un maleante?
-¿Qué?
-Como lo oyes, piensa
que lo hiciste por molestar, además que eres como Humberto, un maleante. Eso me
lo contó ella.
-¿Todo por un mensaje?
-Sí ¿qué decía?
-Yo no sé, no envié
nada -contestó fastidiado-. Acaso ¿tú también estás en mi contra?
-Yo sí te creo
-respondió con firmeza-. Humberto es bien mentiroso, mejor habla con él y yo
converso con Nohemí.
-¡Gracias! Eso haré.
Se despidieron, Carlos
fue a buscar a Humberto que estaba cerca. “¿Qué pasa?”, pensaba mientras
caminaba. “¿Por qué me trató de esa manera? Yo no hice nada. Ese Humberto se
las verá conmigo”. Llegó a donde estaba él y empezó otra acalorada
conversación.
-Dile a Nohemí que
fuiste tú, porque ella está molesta conmigo.
-¿Para qué? Lo que
envié no fue nada malo -dijo con firmeza y sin mucho interés.
-¿Qué fue lo que
enviaste?
-Solo… la saludé y
dije que era yo.
-¿Por eso se molestó?
-Seguro, nunca me
llevé bien con su familia, me prohibieron que hablara con Nohemí. Seguro no les
gustó que hiciera eso aunque parezca insignificante.
-Pero ahora ella tiene
un mal concepto de mí. Tienes que decirle la verdad.
Carlos seguía
insistiendo, pero Humberto no tenía pensando cambiar su actitud. “No lo haré,
no lo haré”, repetía todo el tiempo…
*
* *
-¿Entonces vamos?
-preguntó Gabriela.
-No, voy a ir con
ellos -respondió Carlos mientras señalaba a sus amigos de Subtanjalla.
-Bueno, yo me iré con
Claudia. Nos veremos y me contarás después.
Dio media vuelta y se
fue. El evento ya había acabado y muchos estaban saliendo. Otros se quedaban y
conversaban. Carlos se dirigió a donde estaba el grupo de Subtanjalla. Entre
los más conocidos estaba Enrique, Margot, Lidia, su mamá, Humberto y Nohemí que
fruncía el ceño al verlo.
-Vamos de una vez
-dijo Nohemí mientras pasaba su mano por su frente-. Estoy cansada, con calor y
mucha sed.
Carlos había comprado
una gaseosa. Aún no la había abierto. Se acercó a ella y le dijo sonriente:
-Toma, la acabo de comprar.
Nohemí lo miró sorprendida.
“Luego de tratarlo mal sigue siendo considerado. Pero no perdonaré fácilmente
lo que hizo”, pensó.
-No gracias -contestó
molesta mientras dio media vuelta y fue a la puerta principal.
Aquella indiferencia
de la joven le causaba estragos en su corazón. La felicidad que tenía se había
perdido desde que se dio cuenta que la quería más que una amiga. Bajó la
cabeza; las emociones de su cuerpo hacían que sus ojos quisieran sollozar.
Salieron del coliseo
cerrado, caminaron hacia un puente que estaba a unos metros a la derecha.
Nohemí venía adelante muy molesta. Carlos conversaba con Enrique. Cruzaron
hacia el otro lado de la pista y esperaron un transporte hacia Subtanjalla.
Venían en el microbús.
La joven que regresaría al día siguiente a Lima venía en el penúltimo asiento,
observaba el paisaje pasar por la ventana que venía entreabierta. Su mano
derecha estaba al exterior. Bajaba y subía la mirada. Al pasar cerca a la casa
de Carlos, Nohemí lo observó y era como si quisiera decirle: “Bájate aquí y ya
no me sigas”. Pero el corazón persistente del joven lo impulsaba a perseguirla
hasta verla por última vez.
Cuando llegaron a
Subtanjalla, bajaron a unas dos cuadras de una pollería. Pero Nohemí se quedó;
su rostro expresaba tristeza y siguió en el microbús hasta la casa de Lidia
donde se había hospedado. Los amigos se quedaron sorprendidos y se preguntaban
por qué actuaba así la jovencita.
Carlos comía sin
ganas, aquel clásico pollo a la brasa no le era tan provechoso y divertido como
otras veces que salía con los mismos amigos. Miraba a Humberto enfadado.
“Después de esto no volveremos a ser amigos”, pensaba. Al terminar de comer, salieron
de la pollería y cuando llegaron a la esquina Nohemí se apareció. Margot y
Lidia la interrogaron y ella respondió que había ido a cambiarse.
Caminaron todos a casa
de Lidia. El joven que andaba triste y mirando a la chica molesta sacó su
celular y miró la hora.
-Ya es tarde ¿te vas a
quedar? -le dijo Margot.
-No sé -contestó
Carlos mientras miraba el celular y a sus amigos-. Quiero quedarme pero…
-¡Ay mejor anda vete y
no vuelvas! -interrumpió Nohemí alzando la voz.
Se quedó en silencio
un momento, clavó su mirada en sus ojos y dijo:
-¡Ah! Entonces ahora
me quedo.
Ella respondió la
mirada fastidiada y siguió el camino a casa de Lidia. Al llegar, todos se
sentaron alrededor de una mesa y comentaban sobre lo que vieron ese día en el
evento. De pronto, Nohemí y Humberto salieron de la casa. Carlos se acercó a la
ventana y vio que conversaban. Él era el que más hablaba mientras la joven escuchaba
en silencio y unas lágrimas empezaron a salir. Su cuerpo se estremeció, ver
como aquellas gotas cristalinas que alumbraban la noche recorrían sus tiernas
mejillas le hacían sentir mal. Fue desde ese momento que el dolor de ella se
convirtió en el de él. Sintió ganas de salir y decir: “¿Qué pasa, por qué
lloras? ¿Qué te hace Humberto?”. Pero sus pies quedaron inmóviles observando el
cielo estrellado y el fenecer de la luna llena. Percibió por primera vez los celos,
no obstante los guardó.
Después de un momento,
Nohemí entró rápidamente a la casa seguida de Humberto quien se sentó en la
mesa mientras la joven al parecer fue a un cuarto y luego vino a la mesa con la
cara mojada, muestra de que se había lavado para ocultar el rastro de las
lágrimas. Al estar cerca Carlos preguntó:
-¿Estás bien Nohemí?
-¡Cómo va a estar
bien, después del mensaje que enviaste! -interrumpió Humberto.
Carlos miró con
irritación. Su paciencia se terminó, se puso de pie y fue a
su sitio.
-¡Deja de mentir!
-gritó Carlos.
Antes de que se armara
una pelea, Enrique intervino y los calmó. El joven molesto, salió de la casa y
empezó a llorar. En tanto Nohemí seguía sentada con la cabeza baja y pensativa.
Estaba parado fuera,
frente a la puerta, pero no mirando hacia la casa. Su triste mirada estaba
dirigida al suelo. La casa de Lidia tenía un pequeño jardín dividido por un
camino que llevaba hacia la puerta. No había pista, todo era arenal. Pero desde
la entrada se veía como poco a poco aquel pueblito que Carlos visitaba
constantemente y al cual le tomó mucho cariño empezaba a modernizarse. Observaba
el cielo y no sabía qué hacer; escuchó que alguien salía, se pasó la mano
rápidamente por la cara para secar sus lágrimas. Era la mamá de Lidia quien se le
acercó a conversarle; ella sí le creyó. Entonces llamó a Nohemí quien vino de
inmediato, le explicó lo que sucedió y los dejó a solas.
-No entiendo por qué no me crees… y no entiendo porque
Humberto miente -dijo el joven que luego de haber secado sus lágrimas, retenía
las siguientes-. Mira, cuando yo te conocí… pensé que serías al menos mi amiga.
Porque… me agradaste muchísimo y nunca pensé que… que me hicieras sentir tan
mal. Quizá tenga varios amigos pero, a ti te vi diferente…
-Humberto me dice que
fuiste tú -dijo Nohemí. Y yo no sé a quién creerle. Él ha sido mi mejor amigo
y…
-¿Y solo por eso le
vas a creer? -interrumpió.
-Ay mira -la joven se
sentía presionada, tensa, preocupada. La discusión antes de salir de Lima le
había afectado bastante. “Será la última vez que irás a Ica”, repetía su padre.
Aquello le había quitado las ganas de
viajar y ver a sus amigos.
-¿Me perdonas? -preguntó mirándolo a los ojos,
cautivándolo y metiéndose dentro de él con su pequeño encanto-. No me vas a decir que no…
Carlos se quedó
inmóvil ante sus brillantes pupilas. Sintió que ella no lo quería y que ya no
deseaba esa conversación.
-Está bien -dijo
Carlos con una apagada sonrisa.
-¿Vamos adentro?
-preguntó Nohemí.
-Vamos -respondió él
mientras entraban a la casa.
Aquel tema del mensaje
empezó a olvidarse. Se quedaron un poco más conversando y jugando…
Eran las ocho y media
de la noche. Carlos miraba su reloj. La hora de irse había llegado. Aquel grupo
de amigos salieron a acompañar a Margot que vivía a unas cuadras de donde
estaban. En el camino Humberto conversaba con Nohemí mientras Carlos iba atrás
con Enrique. En su mirada se notaron nuevamente los celos que le era difícil
guardarlos. Al llegar a su objetivo, Margot se despidió de Nohemí con un fuerte
abrazo. Aquel ambiente era tétrico, todos veían a la joven que regresaría al
día siguiente como si fuese la última vez.
-Yo también tengo que
irme -dijo Carlos.
-Humberto y yo te
acompañaremos hacia la plaza de armas para que tomes un colectivo -agregó
Enrique.
-Yo y los demás
regresaremos a casa de Lidia -dijo Nohemí.
Caminaron llegando
hacia una esquina donde había cuatro caminos. El camino del norte llevaba hacia
casa de Lidia. El del Sur de regreso a casa de Margot. El del oeste hacia la
plaza de armas y el del este hacia las dunas de Subtanjalla donde cerca había
una posta.
Carlos tenía que ir
hacia el oeste. Había venido conversando con Nohemí diciéndole que se cuidara
muchísimo y que le explicara a su papá lo sucedido. Cuando estuvieron en la
esquina estaban a un lado de los demás que conversaban.
-Entonces…
¿te vas mañana? -preguntó Carlos.
-Sí, lo más temprano
posible -contestó Nohemí
-Y ¿cuándo volverás?
-No lo sé, después de
lo que pasó será difícil convencer a mi papá para que me deje venir- dijo con
pena.
-Sabes Nohemí… en el
tiempo que te he conocido… me has caído muy bien -mencionó sonriente y cerrando
los ojos. Nohemí lo observó y seguía hablando apenada.
-En realidad Carlos…
tú también me has caído muy bien. Ojalá este día hubiera sido diferente. No
debió pasar ningún problema, yo no quería que pase nada de esto. Sabes… cuando
vine estaba ansiosa de verte pero…
Ella bajó la mirada,
luego él también. Todo quedó en silencio; hubiesen deseado aprovechar aquel día
para pasarla mejor. Los demás observan como ambos se despedían, notaban que
estaban tristes y se dieron cuenta que entre los dos había un gran cariño más
que el de amigos.
El viento se movía; era
frío y a la vez acogedor. Trataba de eliminar las penas de los jóvenes. Hacía que
las hojas de los árboles que estaban cerca cayeran alrededor de ellos, que
seguían con la mirada abajo y sin decirse nada. Se podía percibir un ambiente
muy diferente al de costumbre.
-Nohemí… -dijo Carlos
alzando la mirada y al ins-
tante hizo lo mismo la
joven-. No te olvides de escribir sí. Le mandas saludos a Luisa y tú cuídate
bastante en el viaje.
Lo observaba con
detenimiento sin decir nada. Se había sentido apenada por lo que había pasado.
Aunque todavía le creía más a Humberto, en el fondo de su ser había algo
extraño que la hacía sentir culpable y le motivaba a creer y confiar más a
Carlos.
-No te preocupes… todo
estará bien… -Nohemí sigue mirando sus ojos negros. Se había introducido en
ellos y trataba de estudiarlo. Fue en aquel día que sus miradas llegaron a
unirse. Entonces llegó a haber una conexión entre Carlos y Nohemí-. Bueno creo
que este… es el adiós -exclamó con mucha tristeza la joven limeña.
Ha recordado la
película, la imagen de aquella escena sobre una despedida. “El adiós…”,
pensaba.
-No Nohemí. Nunca
digas adiós. El adiós mata la esperanza de volver a vernos. ¿Y quién sabe?
Algún día nos volveremos a ver.
La joven quedó inmóvil
ante aquellas palabras. Se restringió de lágrimas. Sonrió. Lo miró a los ojos
por última vez y ambos alzaron la mano para despedirse. No se soltaron por un
momento. Se quedaron mirándose, observándose los ojos…
Era hora de irse. Dieron
media vuelta, cada uno tomó un camino, él hacia el oeste y ella hacia el Norte.
Carlos giró su cabeza a la derecha y la vio. Nohemí miró hacia la izquierda y
lo miró por última vez. Cada uno veía como el otro se alejaba…
Las siluetas empezaban
a opacarse. Sus ojos perdían la visión. Y los muros hicieron que se cubriera la
imagen de ambos.
Llegó a casa. Saludó a
sus padres y evitando muchas preguntas entró a su cuarto. Se puso su ropa de
dormir, apagó la luz y se echó en su cama. Miraba el techo blanco, las imágenes
de Nohemí pasaban por allí; su voz rezumbaba en las paredes. Cerró los ojos y
sus lágrimas brotaron. Toda aquella noche no durmió. El sueño se había
espantado al ver un joven corazón que lloraba por amor…
Nohemí estaba fuera de
la casa de Lidia recostada en la pared, con su mano derecha frotaba su brazo
izquierdo. Miraba la misma luna que Carlos hace unas horas y sintió su pesar.
Luego de unos minutos entró a la casa y se echó a dormir.
Fue aquel día que se
grabó en sus corazones. “08 de Abril del 2007”. El día en que se estableció una
conexión entre ambos. Donde percibió que esa sería la última vez que vería a la
joven viajante…
Amaneció. La
luz del brillante sol hacía arder los ojos hinchados de Carlos. Se alistó y se
fue rápido al colegio para que sus padres no notaran su tristeza.
Nohemí se
cubría los ojos. Se despidió de sus amigos y salió de Ica. Observaba hacia el
sur, intentaba sentir la presencia del joven que ya había llegado a estudiar y
no habló con nadie.
Cada uno
volvió a su rutina. Pasaron los días… y no hubo comunicación entre ellos;
formándose un período de olvido…
No hay comentarios:
Publicar un comentario